Cuando el tren se detuvo, la vio. Se encontraba sentada en
uno de los bancos de la estación sumida en sus pensamientos. No levantó
el rostro hacia el tren, no buscó a nadie con la vista, apenas se movió.
Vestía un elegante traje de chaqueta y sujetaba con las manos sobre sus
rodillas una carpeta que parecía contener alguna clase de documentos. Su
cabello castaño claro, sus ojos celestes, sus labios finos, su cuerpo esbelto
y delgado, su porte elegante y sus ademanes delicados lo transportaron a
aquellos tres días de otoño cuyo recuerdo no había logrado el tiempo arrebatarle
todavía.
Vislumbraba a aquella mujer, a la que treinta años atrás había dejado sumida
en la incertidumbre, al observar el cielo desde su ventana, al llegar la
noche y cerrar los ojos para conciliar el sueño, al manifestarse de súbito
su pasado queriendo escapar de las catacumbas en las que, por doloroso,
lo mantenía recluido; la percibía en los reflejos del agua que mojaba
las aceras tras la lluvia, en el espejo del rellano de su escalera cuando
se miraba de soslayo y en algunas películas norteamericanas cuando las actrices
protagonistas llenaban con sus rostros seráficos el primer plano.
El tren inició su marcha y la mujer fue desapareciendo progresivamente a
medida que el convoy se alejaba del apeadero. Aquella visión lo había trasladado
de nuevo a ese momento preciso de su existencia en el que la madurez aún
no se había instalado del todo en su vida, pero que lo apremiaba a ir cerrando
puertas y encauzar su deambular de hombre inacabado.
Miraba el paisaje con indiferencia mientras trataba de recordar en qué lugar
los hizo coincidir el destino por vez primera. ¿Fue en la cafetería de aquel
vetusto y renombrado hotel de cinco estrellas al que solía acudir las tardes
de los sábados para tomar una o dos copas de whisky en un ambiente refinado
y tranquilo, lejos de la casa entristecida en la que, pese a haber entrado
en la treintena, compartía con sus padres entre la frustración y la esperanza
de conseguir algún día una vida libre de carencias? ¿En alguno de los tranquilos
garitos del barrio de las letras a los que acudía las noches de los sábados
para intercambiar conversaciones animadas con personas desconocidas a las
que no volvería a ver jamás, pero que lo mantenían unido apenas por un hilo
fácilmente quebradizo a un mundo vivo que dejaba atrás cada vez que tomaba
el ascensor que lo conducía a una casa en la que se sentía muerto en vida?
Ninguna persona de su círculo más íntimo supo jamás de la existencia de
aquella preciosa mujer acuario, elegante y discreta, pulcramente vestida
y que tenía el don de la conversación prudente y la escucha serena. ¿De
dónde sacó el valor suficiente para aproximarse a aquella bellísima mujer
e iniciar una relación con ella cuando le atenazaba la vergüenza de no contar
con medios económicos, ni trabajo, ni posibilidad real alguna de conseguir
cualquiera de ambas cosas? ¿Solicitó a aquella mujer el teléfono tras mantener
alguna conversación en tono desenvuelto en alguno de los pubs que frecuentaba
los fines de semana y ella se lo facilitó sin reticencias? ¿Qué conversación
mantuvo con ella para que aquel ser de apariencia seráfica que constituía
la esencia misma de la feminidad considerase que podría merecer la pena
un segundo encuentro? ¿Qué vio realmente ella en él?
Cuando la fue a buscar aquella primera tarde al trabajo y se sentaron uno
junto al otro en aquel autobús urbano, ¡oh, Dios mío, no podía apartar su
vista de ella! La miraba embelesado preguntándose cómo era posible que aquella
joven mujer de increíble belleza no tuviese ninguna relación y compartiera
junto a él aquel viaje breve que, incluso de haber tenido como destino el
fin del mundo, hubiera recorrido en su compañía asumiendo el final de sus
días. Jamás olvidaría el brillo de sus ojos celestas en aquel diáfano día
de final verano cuando el sol incidía sobre ellos y arrancaba a sus pupilas
destellos que convertían a aquel ser radiante en el centro de su universo.
¡Qué culpa tenía de sentirse tan solo y necesitar imperiosamente compañía!
¡Qué culpa tenía de que su espíritu sediento de amor se sintiese cautivado
por una conversación inteligente, por un gesto de complicidad, por una sonrisa
cálida, por la mirada de una mujer hermosa, por un abrazo sentido, por las
caricias compartidas por dos almas vagabundas, olvidando así la precariedad
en la que transcurrían sus días y de la que no podía o no sabía salir sin
esa ayuda que hubiese necesitado con apremio y jamás recibió! Aunque, dadas
sus circunstancias, lo más inteligente hubiese sido mantener una prudente
distancia con esas contadas mujeres cuya feminidad nublaban su razón, ¡cómo
hubiese podido evitar aproximarse a ellas si para él eran como vida inyectada
directamente en sus venas!
No podía olvidar aquella despedida en su viejo automóvil, cuando tras besarse
con un beso breve observó desde el vehículo cómo se alejaba de su vida en
un adiós que, sin ella aún saberlo, sería definitivo. Sabiéndose incapaz
de sincerarse y mostrarle sin pudor el universo oscuro y confinado al cual
pertenecía mientras sus pupilas celestes lo transportaban dulcemente al
paraíso, tomó conciencia de que si volvían a verse ya no podría separarse
de su lado, y como lo último que deseaba era arrastrarla al abismo consigo,
a esa profunda sima en la que el tiempo le robaba la juventud y la alegría
y de la que ciertamente no pudo escapar nunca del todo, puso fin de manera
unilateral a esa incipiente relación sin dar oportunidad alguna a aquella
mujer de belleza extraordinaria a conocer las razones que lo llevaron a
tomar semejante decisión. No volvió a llamarla.
****
Un creciente nerviosismo se apoderó de él a medida que el convoy se iba
aproximando a la estación. La probabilidad de que pudiera volver a coincidir
con aquella mujer en el apeadero era prácticamente nula, y lo sabía. Cuando
el tren se detuvo y se abrieron las puertas del vagón miró en todas direcciones,
pero no vio a nadie. No sabría decir si lo embargó la decepción o la alegría
porque ambos sentimientos contradictorios se daban cita en él con similar
intensidad en aquel momento. La máquina del convoy emitió un pitido avisando
de su partida, las puertas se cerraron y el tren se puso de nuevo suavemente
en movimiento. No dejó de mirar hacia el apeadero hasta que éste desapareció
de su vista. Al dirigir su atención hacia el interior del vagón se estremeció:
sentada frente a él, y como salida de la nada, se encontraba la mujer que
le recordó aquel amor de juventud. Pese a su asombroso parecido, era imposible
que se tratara de la misma persona, pues en su rostro lozano el transcurrir
del tiempo no había dejado huella alguna. La mujer, que al igual que aquella
tarde inolvidable en el autobús, miraba despreocupadamente por la ventanilla,
se volvió hacia él, observándolo en silencio con extrema mansedumbre. En
ese instante tuvo la certeza de que era innecesario pronunciar palabra alguna,
que esa mujer que se le presentaba ante sus ojos una y otra vez surgida
del fondo de sus más íntimos recuerdos había supuesto una quiebra en el
destino que no pudo asumir, una opción que el universo había desplegado
ante él y se vio obligado a rechazar, y que el pasado no podía cambiarse.
Dirigió la vista hacia la ventanilla. Su reflejo en el vidrio se confundía
con la visión de los bloques de viviendas del extrarradio, que desfilaban
a medida que el convoy avanzaba frente a un decorado triste poblado de almas
que en aquel instante se le antojaron afligidas, impotentes y desamparadas,
como él se había sentido siempre. La pareja de ancianos que ocupaban los
asientos situados frente a él lo miraban con curiosidad. Quizá se le hubiese
escapado algún pensamiento en voz alta o mirasen cómo sus labios se movían
conversando con la nada. Tal vez lo observasen preguntándose si estaba rezando
o repitiendo un texto dramático de memoria que debía aprender para llevar
a cabo una exposición en público, una oratoria.
Aquella mujer fue una flor de extraordinaria belleza cuya delicada y exquisita
fragancia lo embriagó. Una azucena áurea y azul que, en un acto de entrega
y amor incondicional, no quiso cortar para evitar que se marchitara en el
jarrón de agua pútrida y estancada en el que transcurrían sus días. Un ensueño
que permanecería intacto para siempre en su memoria. Aunque se separase
de la mujer de cabellos castaños y ojos serenos de azul cielo, aunque sus
almas apenas llegaran a susurrarse al oído, en un lugar de su corazón había
una llama que no se apagaba. No importaba cuánto tiempo hubiese transcurrido.
Donde quiera que fuera, una parte de ella siempre iba consigo.