texto
Dos Autores - Textos breves

-


La mujer del tren

La mujer del tren

Relato breve de Luis de la Fuente
Escrito en el año 2018

Cuando el tren se detuvo, la vio. Se encontraba sentada en uno de los bancos de la estación sumida en sus pensamientos. No levantó el rostro hacia el tren, no buscó a nadie con la vista, apenas se movió. Vestía un elegante traje de chaqueta y sujetaba con las manos sobre sus rodillas una carpeta que parecía contener alguna clase de documentos. Su cabello castaño claro, sus ojos celestes, sus labios finos, su cuerpo esbelto y delgado, su porte elegante y sus ademanes delicados lo transportaron a aquellos tres días de otoño cuyo recuerdo no había logrado el tiempo arrebatarle todavía.

Veía a aquella mujer, a la que treinta años atrás había dejado sumida en la incertidumbre, al observar el cielo desde su ventana, al llegar la noche y cerrar los ojos para conciliar el sueño, al manifestarse de súbito su pasado queriendo escapar de las catacumbas en las que, por doloroso, lo mantenía recluido; la veía en los reflejos del agua que mojaba las aceras tras la lluvia, en el espejo del rellano de su escalera cuando se miraba de soslayo y en algunas películas norteamericanas cuando las actrices protagonistas llenaban el primer plano.

El tren inició su marcha y la mujer fue desapareciendo progresivamente a medida que el convoy se alejaba del apeadero. Aquella visión lo había trasladado de nuevo a ese momento preciso de su existencia en el que la madurez aún no se había instalado del todo en su vida, pero que lo apremiaba a ir cerrando puertas y encauzar su deambular de hombre inacabado.

Miraba el paisaje con indiferencia mientras trataba de recordar en qué lugar los hizo coincidir el destino por vez primera. ¿Fue en la cafetería de aquel vetusto y renombrado hotel de cinco estrellas al que solía acudir las tardes de los sábados para tomar una o dos copas de whisky en un ambiente refinado y tranquilo, lejos de la casa entristecida en la que, pese a haber entrado en la treintena, compartía con sus padres entre la frustración y la esperanza de conseguir algún día una vida libre de carencias? ¿En alguno de los tranquilos garitos del barrio de las letras a los que acudía las noches de los sábados para intercambiar conversaciones animadas con personas desconocidas a las que no volvería a ver jamás, pero que lo mantenían unido apenas por un hilo fácilmente quebradizo a un mundo vivo que dejaba atrás cada vez que tomaba el ascensor que lo conducía a una casa en la que se sentía muerto en vida?

Ninguna persona de su círculo más íntimo supo jamás de la existencia de aquella preciosa mujer acuario, elegante y discreta, pulcramente vestida y que tenía el don de la conversación prudente y la escucha serena. ¿De dónde sacó el valor suficiente para aproximarse a aquella bellísima mujer e iniciar una relación con ella cuando le atenazaba la vergüenza de no contar con medios económicos, ni trabajo, ni posibilidad real alguna de conseguir cualquiera de ambas cosas? ¿Solicitó a aquella mujer el teléfono tras mantener alguna conversación en tono desenvuelto en alguno de los pubs que frecuentaba los fines de semana y ella se lo facilitó sin reticencias? ¿Qué conversación mantuvo con ella para que aquel ser de apariencia seráfica que constituía la esencia misma de la feminidad considerase que podría merecer la pena un segundo encuentro? ¿Qué vio realmente ella en él?

Cuando la fue a buscar aquella primera tarde al trabajo y se sentaron uno junto al otro en aquel autobús urbano, ¡oh, Dios mío, no podía apartar su vista de ella! La miraba embelesado preguntándose cómo era posible que aquella joven mujer de increíble belleza no tuviese ninguna relación y compartiera junto a él aquel viaje breve que, incluso de haber tenido como destino el fin del mundo, hubiera recorrido en su compañía asumiendo el final de sus días. Jamás olvidaría el brillo de sus ojos celestas en aquel diáfano día de final verano cuando el sol incidía sobre ellos y arrancaba a sus pupilas destellos que convertían a aquel ser radiante en el centro de su universo. ¡Qué culpa tenía de sentirse tan solo y necesitar imperiosamente compañía! ¡Qué culpa tenía de que su espíritu sediento de amor se sintiese cautivado por una conversación inteligente, por un gesto de complicidad, por una sonrisa cálida, por la mirada de una mujer hermosa, por un abrazo sentido, por las caricias compartidas por dos almas vagabundas, olvidando así la precariedad en la que transcurrían sus días y de la que no podía o no sabía salir sin esa ayuda que hubiese necesitado con apremio y jamás recibió! Aunque, dadas sus circunstancias, lo más inteligente hubiese sido mantener una prudente distancia con esas contadas mujeres cuya feminidad nublaban su razón, ¡cómo hubiese podido evitar aproximarse a ellas si para él eran como vida inyectada directamente en sus venas!

No podía olvidar aquella despedida en su viejo automóvil, cuando tras besarse con un beso breve observó desde el vehículo cómo se alejaba de su vida en un adiós que, sin ella aún saberlo, sería definitivo. Sabiéndose incapaz de sincerarse y mostrarle sin pudor el universo oscuro y confinado al cual pertenecía mientras sus pupilas celestes lo transportaban dulcemente al paraíso, tomó conciencia de que si volvían a verse ya no podría separarse de su lado, y como lo último que deseaba era arrastrarla al abismo consigo, a esa profunda sima en la que el tiempo le robaba la juventud y la alegría y de la que ciertamente no pudo escapar nunca del todo, puso fin de manera unilateral a esa incipiente relación sin dar oportunidad alguna a aquella mujer de belleza extraordinaria a conocer las razones que lo llevaron a tomar semejante decisión. No volvió a llamarla.

****

Un creciente nerviosismo se apoderó de él a medida que el convoy se iba aproximando a la estación. La probabilidad de que pudiera volver a coincidir con aquella mujer en el apeadero era prácticamente nula, y lo sabía. Cuando el tren se detuvo y se abrieron las puertas del vagón miró en todas direcciones, pero no vio a nadie. No sabría decir si lo embargó la decepción o la alegría porque ambos sentimientos contradictorios se daban cita en él con similar intensidad en aquel momento. La máquina del convoy emitió un pitido avisando de su partida, las puertas se cerraron y el tren se puso de nuevo suavemente en movimiento. No dejó de mirar hacia el apeadero hasta que éste desapareció de su vista. Al dirigir su atención hacia el interior del vagón se estremeció: sentada frente a él, y como salida de la nada, se encontraba la mujer que le recordó aquel amor de juventud. Pese a su asombroso parecido, era imposible que se tratara de la misma persona, pues en su rostro lozano el transcurrir del tiempo no había dejado huella alguna. La mujer, que al igual que aquella tarde inolvidable en el autobús, miraba despreocupadamente por la ventanilla, se volvió hacia él, observándolo en silencio con extrema mansedumbre. En ese instante tuvo la certeza de que era innecesario pronunciar palabra alguna, que esa mujer que se le presentaba ante sus ojos una y otra vez surgida del fondo de sus más íntimos recuerdos había supuesto una quiebra en el destino que no pudo asumir, una opción que el universo había desplegado ante él y se vio obligado a rechazar, y que el pasado no podía cambiarse.

Dirigió la vista hacia la ventanilla. Su reflejo en el vidrio se confundía con la visión de los bloques de viviendas del extrarradio, que desfilaban a medida que el convoy avanzaba frente a un decorado triste poblado de almas que en aquel instante se le antojaron afligidas, impotentes y desamparadas, como él se había sentido siempre. La pareja de ancianos que ocupaban los asientos situados frente a él lo miraban con curiosidad. Quizá se le hubiese escapado algún pensamiento en voz alta o mirasen cómo sus labios se movían conversando con la nada. Tal vez lo observasen preguntándose si estaba rezando o repitiendo un texto dramático de memoria que debía aprender para llevar a cabo una exposición en público, una oratoria.

Aquella mujer fue una flor de extraordinaria belleza cuya delicada y exquisita fragancia lo embriagó. Una azucena áurea y azul que, en un acto de entrega y amor incondicional, no quiso cortar para evitar que se marchitara en el jarrón de agua pútrida y estancada en el que transcurrían sus días. Un ensueño que permanecería intacto para siempre en su memoria. Aunque se separase de la mujer de cabellos castaños y ojos serenos de azul cielo, aunque sus almas apenas llegaran a susurrarse al oído, en un lugar de su corazón había una llama que no se apagaba. No importaba cuánto tiempo hubiese transcurrido. Donde quiera que fuera, una parte de ella siempre iba consigo.


------------------

Calificación del texto:
(0 sobre 10)
Votado 0 veces.
Vota:
Powered by DRBRatings · PHP Hosting