Narraciones breves
Narraciones breves
 
Sala seis
Luis de la Fuente (2018).
 

"Aquel hombre durmió tranquilo al caer la noche porque en el coche que presidía la comitiva fúnebre con la que se había cruzado de camino a casa no se encontraba ningún miembro de su familia. No llegaría a saber nunca, sin embargo, que en aquel vehículo viajaban los restos de quien fue su primer amor de juventud, al que no dejó de querer nunca del todo y tantas veces había añorado en el silencio triste de sus noches más oscuras. Aprende esto, hijo, nunca te reconfortes pensando que la desgracia ajena no es tu desgracia por si en ella hubiera una parte de ti".

Desconocía si aquella advertencia que le hizo su padre a modo de funesto regalo cuando cumplió los doce años, incluida la historia pergeñada que la acompañaba a modo de relato breve para dar aún más transcendencia al mensaje, la había escuchado a otro o era de su cosecha, pero lo cierto es que, como creyente a medias que se consideraba, siempre rezaba una oración destinada al difunto de cualquier comitiva fúnebre con la que se cruzara. Una oración, ¡por qué no decirlo!, también a medias, pues como ya no recordaba la letra de muchas de ellas, al final declamaba mentalmente un recital de despropósitos, eso sí, llenos de buenas intenciones. Pero ante un hecho tan luctuoso como la muerte, ceñirse o no a la letra de una plegaria aprendida de corrido de pequeño no era en absoluto determinante, lo importante era el sentimiento, y él ponía mucho, salvo cuando tenía un mal día y mandaba al difunto directamente al infierno imaginando que se trataba de alguna de esas personas con las que se había cruzado en su mundana existencia y le habían hecho la vida imposible. Aunque luego se arrepentía y rezaba al finado algo parecido a un padrenuestro. Su padre, el suyo y el de nadie más, le hacía regalos así, como la ampliación de la póliza de entierro familiar a nombre de su mujer cuando se casó y que, entre sus padres ya fallecidos y él, llevaban pagando casi sesenta años. Regalos útiles, debía pensar su padre. ¡Y nada más útil que tener pagado un entierro diez veces para que el difunto fuese tratado con la dignidad que la ocasión se merece y sus familiares pudiesen honrar su memoria liberados, al menos parcialmente, de esos trámites engorrosos y tristes que conlleva preparar las exequias de un ser querido y odiado a ratos! La colección de monedas falsas fue otro gran legado y, si bien ya suponía que sus padres no podían haberle dejado en herencia otra cosa que objetos de poco valor, o ninguno, como era el caso, no pudo ocultar ante su mujer la decepción que le produjo comprobar que ni una sola de las monedas que contenía aquella preciada caja que sus padres atesoraban en la repisa más alta del almario de su alcoba junto a un libro que explicaba los entresijos de una vida sexual sana editado en los años cincuenta del siglo pasado por alguna editorial católica afín a la Falange Española de las JONS, eran meras copias adquiridas a un avezado timador numismático en algún puesto de la Plaza Mayor o simples coleccionables a la venta en cualquier quiosco de periódicos en vez de auténticas piezas de coleccionista. Un fiasco en toda regla que le impidió contar con una pequeña ayuda económica para hacer frente a esos dos o tres malos momentos que se presentaron a lo largo de su vida y de los que logró salir no precisamente de forma milagrosa, pues dudó siempre de que tales sucesos sobrenaturales existiesen, sino a base de pedir favores a gente prácticamente desconocida o conocida apenas de vista, porque los más allegados, que no eran muchos, parecían sufrir algún tipo de sordera incapacitante que los hacía impermeables a sus problemas económicos. Que sus padres viviesen en una casa de alquiler de renta antigua tampoco mejoró mucho las cosas, porque al fallecimiento de su madre en vez de una vivienda en propiedad sólo le quedaron varios paquetes de pañales para adulto, una carta del administrador del piso instándole a abandonar el inmueble en el plazo de tres meses y una gran tristeza, que se sublimó al echar la llave a la casa que lo vio nacer y a la que no podría regresar de nuevo. Lo que más pena le causó fue dejar la habitación de su padres prácticamente intacta, pero nadie quería aquella vetusta cama ni ese armario de madera noble que, junto con la cómoda, conformaban un dormitorio como los de antes, de esos que duran toda la vida, como así sucedió indudablemente en el caso de sus padres. Cuando introdujo la llave de aquella casa en el buzón del administrador se despidió de su infancia y buena parte de su juventud, que quedaron allí, flotando en aquel silencio triste y umbrío que cubría el pasillo y al que su madre, a la luz procedente de una ventana por la que entraba una ligera brisa cálida desde el patio de luces a cuyo costado discurría el contrapeso del añejo ascensor de la finca, sabía sacar provecho para dar solución a crucigramas y pasatiempos gráficos en las tranquilas tardes del estío.

Claro que cuando su padre le hizo aquella advertencia a modo de relato con moraleja aún tenía puestas grandes esperanzas en él, y si no grandes, al menos regulares, aunque esperanzas al fin y al cabo. Pero el tiempo, que no sólo lo cura todo sino que también todo lo enferma, se cebó en los dos; a él, poniéndole zancadillas en su camino para que sólo pudiera recorrerlo de rodillas aniquilando su integridad; a su padre, convirtiéndolo en testigo de su futuro, que barruntaba tan malogrado y desesperanzador como el suyo propio y del que esperaba que su hijo pudiera escapar por sí mismo gracias a la diosa fortuna que, por descontado, pasó de largo por la vida de los dos. De aquí que, cuando regresó de nuevo a casa de sus padres tras casi dos años de vida en común con Cristina, su padre no lo recibiera precisamente con los brazos abiertos, pero, ¡qué otra cosa podía hacer si no tenía lugar alguno donde vivir ni su salario le permitía alquilar una vivienda medianamente decente! Al igual que aquella única advertencia que le hizo cuando niño, sólo una vez escuchó a su padre decirle abiertamente que era un hombre fracasado, pero como él jamás vio en el austero rostro de su padre ni el más mínimo atisbo de triunfo, no se tomó demasiado mal esas palabras, o sea, que prefirió no tomárselas a mal para poder seguir mirando a su padre con el resentimiento justo.

Su compañero de trabajo, a cuyos familiares aún no había presentado sus condolencias, yacía en la sala contigua mientras él se encontraba frente a la puerta de entrada de aquella otra sala sin atreverse a entrar. En la placa situada junto a la puerta de acceso rezaba: "SALA 6. Claudia López Medel". Cuando leyó ese nombre su corazón encogió y no pudo dar un paso más. Sabía muy bien lo que era acceder a la sala de un tanatorio y encontrarse el cuerpo inerte de un ser querido, buscar un rastro de vida en su rostro de muñeco maquillado y sólo hallar la acallada quietud estremecedora de un cascarón vacío que esconde el progresivo y rápido deterioro que pone fin a su efímera existencia mundana. Y aunque hiciese más de treinta y cinco años que no había vuelto a ver a Claudia, ese ser fue tan importante para él que aún lo soñaba en el silencio triste de sus noches más oscuras, como su padre muchos años antes lo profetizó.

Empujó la puerta de la sala y accedió a la misma. Estaba vacía, como suele suceder a la hora del almuerzo en las exequias de los finados con poca familia y aún menos allegados. Tras el cristal que separaba la sala de visitas de la cámara mortuoria reposaba un féretro cerrado flanqueado por un par de coronas con estereotipados mensajes de esperanza a través de los cuales no era posible deducir la edad de la difunta. Mientras tomaba asiento en un amplio tresillo dispuesto frente a la cámara en la que se encontraba expuesto el ataúd comenzó a cuestionarse cuántas Claudias López Medel podría haber en la ciudad que lo vio nacer. Se preguntaba también por qué en la mesa que tenía ante sí no había recordatorios en los que consultar la edad de la mujer cuyo cuerpo sin vida yacía a escasos metros de él.

Conoció a Cristina cuando él estaba a punto de cumplir veintidós años. No era su tipo de mujer, como no lo era la mayoría de las mujeres que no alcanzaban ni de lejos su ideal, pero tenía aquellos preciosos ojos almendrados que parecían despedir destellos de luz de su interior, aquella melena larga, lacia y dorada que la hacía asemejarse a algunas actrices francesas de los años sesenta y un cuerpo de infarto que hacía que todos los hombres se volvieran a su paso. Para ser honesto, Cristina era una mujer de una belleza extraordinaria que nada tenía que envidiar a las actrices de cine más cotizadas. La primera vez que la contempló desnuda enmudeció; sus pechos firmes, sus nalgas prietas, sus piernas esbeltas y perfiladas, su vientre plano, incluso su sexo parcialmente depilado eran abrumadoramente perfectos y hacían palidecer sus atributos masculinos pese a que él era esa clase de joven al que las colegialas gritaban tío bueno al pasar junto a él en los autobuses que las llevaban a sus centros de enseñanza. No habían transcurrido ni dos meses tras el primer encuentro cuando alquilaron un piso en el cincuenta y uno de la calle Ríos Rosas e iniciaron su vida en común. Poco tiempo después comenzó su calvario.

Tan ensimismado se encontraba recordando aquellos momentos de su pasado que no fue consciente que había entrado en la sala una anciana acompañada por una mujer más joven en cuyo brazo se apoyaba para caminar; ésta ayudó a sentarse a la anciana, a la que se la veía anímicamente hundida, y se aproximo a él preguntándole sin más preámbulo:
-¿Cómo te has enterado?
-He venido a presentar mis respetos a la familia de un compañero de trabajo que se encuentra en la sala contigua. Al pasar por delante de esta sala he visto el nombre que figuraba en la puerta y he entrado.
La mujer se aproximó a él, le dio un beso en la mejilla e hizo todo lo que humanamente estaba de su mano para evitar desplomarse ante su presencia.
-¿Qué le ha sucedido?
-Un accidente de coche. Quedó irreconocible.
Decenas, si no cientos de preguntas, se dieron cita en un instante en su mente, pero en aquel momento se sintió incapaz de pronunciar palabra alguna. Todo su empeño se centraba en mantener la compostura y no derrumbarse frente a aquella mujer cuyo imponente cuerpo desnudo había recordado apenas unos instantes antes de que hiciera acto de presencia en la sala junto a su madre y a la que el paso del tiempo le había robado sólo parcialmente su espléndida figura. Verdaderamente, ¿qué pregunta podría hacer que pudiera devolver la vida a Claudia?
-¿Quién es este señor, Cristina? -preguntó la anciana a su hija rompiendo el silencio triste que reinaba en la sala.
-Es Angel.
-¿Ese novio que tuviste que te dejó?
-No me dejó, madre. Fue una decisión que tomamos de mutuo acuerdo.
-¿Y qué hace aquí?
-Ha venido a dar su último adiós a Claudia -dijo Cristina a su madre no queriendo calentar los ánimos.
La anciana volvió de nuevo su vista hacia el féretro donde reposaban los restos de su otra hija y no volvió a hacer ningún otro comentario.
-¿Deja hijos? -preguntó Angel.
-Claudia no se casó. Ni siquiera sé si tenía pareja. Nunca hablaba de eso -dijo la mujer muy seria respondiendo a los interrogantes que Angel no se hubiera atrevido a formular, pero que intuía que satisfarían su curiosidad.
-Claudia era un ser excepcional -dijo Angel sin variar su gesto, pero con los ojos anegados en lágrimas que le resbalaban por el rostro hacia las comisuras de los labios sin poder hacer nada para evitarlo.
-¿Podemos salir un momento fuera? -preguntó Cristina a Angel.
Angel afirmó y se encaminó junto a Cristina a la galería del tanatorio mientras enjugaba las lágrimas que le caían por las mejillas con su pañuelo.
-Cuando me dijiste que había otra mujer era a Claudia a quien te referías, ¿verdad?
Angel bajó el rostro incapaz de contestar a Cristina; ésta, que lo miraba apenada, dijo tras unos instantes que al hombre le parecieron eternos:
-Siempre tuve ese presentimiento. Debiste decírmelo en vez de inventarte todas esas patrañas absurdas. Hubiese preferido saber la verdad.
-No hubiera cambiado nada, Cristina. Os hubiese perdido a las dos de igual manera. No quería haceros daño.
-¿¡No querías hacernos daño!? -preguntó retóricamente Cristina con tal énfasis e indignación que más que una pregunta parecía una exclamación-. ¡Pues nos lo hiciste, Angel! ¡Y mucho! -Cristina se lo quedó mirando fijamente-. ¿Y sabes lo peor? Claudia sentía algo por ti. No sé exactamente el qué porque era muy reservada, pero esa clase de cosas no pasan desapercibidas entre hermanas. Cuando me dejaste nos hundimos las dos.
Cristina se encaminó hacia la puerta de la sala donde su madre velaba el cuerpo de su hermana fallecida, se volvió hacia él, lo observó circunspecta un par de segundos sin decir nada y entró de nuevo en la estancia. Cristina era, sin duda, una mujer inteligente, educada y extraordinariamente atractiva, pero toda una vida con ella no podría suplir un solo instante con Claudia, y esto lo supo el primer día que ésta entró a formar parte de su vida. No se trataba de algo físico, de una atracción que no pudiese controlar, era algo distinto, perturbador en su inverosímil sencillez. No necesitaba estrechar a Claudia entre sus brazos, no necesitaba besarla, le bastaba mirarla a sus bellísimos ojos celestes para sentir que algo invisible y extraordinario los unía con desmedida intensidad. Desde el mismo instante que fue consciente que no se trataba de un sentimiento pasajero comprendió que estaba siendo infiel a Cristina. De nada le servía tratar de hacerse el desinteresado cuando Claudia los visitaba, salían juntos para tomar un aperitivo o hacían una excursión al campo. Claudia eclipsaba a su hermana sin esfuerzo con sus modales exquisitamente delicados y él no podía hacer otra cosa que convertirse en un espectador que representaba el papel de un ciego idiota. Ante Claudia se sentía inerme, indefenso, desarmado y sus sentimientos hacia ella sólo conseguían hacerlo sentir cada vez más culpable. No hubiese podido hablar abiertamente con Cristina acerca de Claudia ni tampoco tratar de separarlas. Hasta que, incapaz de continuar mintiéndose a sí mismo y a Cristina y a sabiendas de que tomando esta decisión también dejaría de ver a Claudia, inventó una amante de oficina y abandonó a las dos con tremendo pesar.

Su padre tenía razón; era un perdedor, un fracasado, un hombre que había dado un paso al frente para luego retroceder y hacer añicos el camino recorrido. Un hombre que asumió que había tomado el camino equivocado y debía rectificar su error antes de enterrar su vida bajo toneladas de resignación que aprisionarían su verdadera naturaleza, convirtiéndolo en un grotesco espantapájaros atado con cuerdas hasta su muerte a una cruz de madera clavada en la tierra de un campo yermo, como le sucedió a su padre. Un hombre que no deseaba mentirse a sí mismo.

Cuando Angel entró en la cámara donde yacía su compañero de trabajo para presentar sus condolencias a la familia del difunto, la esposa del finado se abrazó a él al comprobar que tenía el rostro descompuesto y le caían las lágrimas por la cara. No sospechaba ni de lejos que la razón de su pena se encontraba, viva y muerta a la vez, en la sala contigua del tanatorio.

 
 
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