Narraciones breves
Narraciones breves
 
The Ocean Dunes
Luis de la Fuente (2019).
 

Conducía un Nissan Sentra automático que había alquilado tres horas antes en el Aeropuerto Internacional John F. Kennedy cuando el GPS del vehículo le indicó que debía girar a su izquierda por Bluff Road. Al fondo, en el lateral derecho de la carretera y a poco más de doscientos metros, se divisaba la amplia zona de estacionamiento de los apartamentos The Ocean Dunes, una llamativa construcción que se asemejaba a una cabaña enorme de dos pisos con forma de U en ángulos rectos, dividida en acogedores y tranquilos alojamientos con cocina, situada a poca distancia de la playa y rodeada de árboles y vegetación. Tres décadas en el tiempo lo separaban de la última vez que había contemplado aquel singular edificio. Tres décadas durante las cuales había sido un hombre pleno e inmensamente feliz.

El aparcamiento estaba medio vacío, por lo que no tuvo dificultad para estacionar el automóvil cerca del vestíbulo de entrada al edificio. Miró su reloj: eran las seis menos veinte de la tarde en los Hamptons, pero tenía el cansancio nocturno del horario que había dejado atrás en Madrid, y lo único que deseaba era tumbarse en una cama y descansar. Ocho horas de vuelo y cuatro atravesando Long Island en automóvil de punta a punta habían podido con él. Sacó del maletero del Nissan una maleta de grandes dimensiones y otra de equipaje más ligera, ambas con ruedas, y se encaminó arrastrando ambos bultos hacia la recepción de los apartamentos. Su inglés nunca fue muy bueno, pero resultaba suficiente para tomar posesión de aquel alojamiento que había reservado semanas atrás a través de una conocida página de internet y en cuya cama se tumbó sin desvestirse nada más echar la llave, venciéndole el sueño prácticamente de inmediato.

Conoció a aquella preciosa joven norteamericana de ascendencia irlandesa cuando él estaba a punto de cumplir los veintisiete años. Guardaba un parecido tan abrumador con Sissy Spacek, la actriz protagonista de Carrie, que raro era el día que algún extraño, pasando por alto la diferencia de edad entre ambas mujeres, no se aproximaba a Betty Sue para solicitarle un autógrafo creyendo realmente encontrarse frente a su alter ego cinematográfico. Aquella chica grácil y pecosa, de modales recatados y atractivo extraordinario, coincidió con él en los apartamentos The Ocean Dunes en Agosto del ochenta y ocho en un encuentro que siempre le pareció imposible y que, sin embargo, resultaría determinante para ambos.

Le pareció un encuentro imposible porque de todos los destinos y alojamientos diseminados por el mundo The Ocean Dunes fue el elegido por su padre para pasar aquellas dos semanas del que sería su último verano; le pareció un encuentro imposible porque si su padre no hubiese enfermado de gravedad y la medicina no lo hubiese prácticamente desahuciado, jamás hubiera acompañado a sus padres hasta un lugar tan remoto, de hecho, no les hubiera acompañado a ningún lugar; le pareció un encuentro imposible porque nunca hubiera coincidido con Betty Sue si ésta no hubiese solicitado trabajar en la recepción de los apartamentos durante ese verano para ganar un dinero cuyo objetivo era realizar un viaje a España que su madre, divorciada y trabajadora de baja cualificación, no hubiese podido costearle; le pareció un encuentro imposible porque jamás hubiese imaginado encontrar a una criatura tan maravillosa como Elizabeth y que ambos quedaran prendidos el uno del otro como si fuesen los últimos seres humanos sobre la Tierra.

Despertó abruptamente alrededor de las diez menos cuarto de la noche sintiéndose por unos momentos desubicado. Quizá a los muertos les sucediera algo similar tras el fallecimiento; tal vez se sintieran perdidos en una dimensión nueva preguntándose qué hacer o hacia dónde dirigirse, a sabiendas de que el reloj no puede dar marchas atrás y que el retorno es imposible, abandonando a su pesar a los que aman para iniciar una nueva vida deseada sólo a medias que se estrena asumiendo las carencias, como si la transcendencia fuera suficiente para olvidar todo lo bueno de este mundo que han perdido.

Se aproximó hacia la puerta de acceso al jardín y salió al exterior. The Ocean Dunes, gracias a su ubicación y a las estrictas normas que regían sus instalaciones, era un remanso de paz desde el que era posible escuchar las olas batiendo en su playa privada de arena blanca y fina abierta al Atlántico, situada a escasos trescientos metros de donde se encontraba. Aunque hacía frío se tumbó sobre una hamaca de madera situada junto a la puerta del jardín y miró hacia las estrellas. Parecía que el tiempo no hubiese transcurrido, pero habían pasado tres décadas desde que besó por primera vez en aquella playa a Betty Sue, su adorable ángel de cabellos dorados y ojos celestes cuya delicadeza enamoró también a sus padres y que sólo le dio alegrías a lo largo de su vida; habían pasado tres décadas desde que su familia se reunió en ese mismo jardín entorno a una felicidad que sabían perecedera y que trataban desesperadamente de aprovechar minuto a minuto antes que el paso del tiempo la hiciera añicos. Se encontraba solo, y las lágrimas que resbalaban por sus mejillas no harían resucitar a sus padres ni a su compañera de vida. The Ocean Dunes, que siempre recordaba con nostalgia, se presentaba ahora ante sus ojos como un lugar que había perdido su sentido, por el que desfilaban recuerdos agridulces que lo hacían sentirse aún más desgraciado: de no ser tan cobarde hubiese puesto fin a su vida allí mismo.

Entró de nuevo en el apartamento y deshizo la maleta de mayor tamaño, colgando en las perchas del armario con el que contaba el dormitorio las diversas prendas de vestir que había traído consigo. Su visita no iba a ser larga, pero debía cumplir la promesa que había hecho a su mujer antes de morir, y esto exigía un mínimo de pulcritud en el vestir al presentarse ante su hermana, con la que no tenía muy claro cómo podría llegar a entenderse si su nivel de español era tan bajo como el suyo en inglés. Intercambiar correos electrónicos escritos en ambos idiomas traducidos ocasionalmente mediante Google Translator para evitar errores de interpretación era una cosa, pero presentarse ante Arlene balbuceando torpemente en una situación tan delicada como la que se le presentaba era algo bien distinto. El día por venir iba a ser muy duro y se acostó con la certeza de no sentirse en absoluto preparado para hacerlo frente con la dignidad suficiente.

 
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Cuando Betty Sue los recibió en la recepción de los apartamentos se sintió enormemente feliz. Si bien aquella madura pareja tenía rasgos centroeuropeos y podría pasar perfectamente por alemana, ¡se encontraba frente a un matrimonio genuinamente español! Estaba fotocopiando sus pasaportes cuando lo vio entrar con las maletas. Betty Sue clavó en él sus preciosos ojos color cielo y él, simplemente, no pudo apartar su vista de ella. Aquella chica tímida y chispeante a la vez era la mujer más bonita que había visto de cerca jamás y, desde ese mismo instante, todo su mundo comenzó a girar alrededor de aquel ser de belleza aurea al que deseaba aproximarse para no apartarse jamás. Tuviese o no sentido enamorarse de alguien que vivía en el otro extremo del mundo, lo cierto es que, salvo que optara por volverse tonto, ciego y mudo, no estaba de su mano cambiar nada. ¡Dios mío, aquella chica con ese endiablado parecido a Sissy Spacek era la mujer con la sonrisa y la mirada más dulces que había visto jamás! Betty Sue, que se dirigió a ellos en un español desenvuelto y rico con un leve acento norteamericano, era el arquetipo de feminidad con el que siempre había soñado, y durante aquella primera noche en The Ocean Dunes no hizo otra cosa que pensar en ella. A la mañana siguiente, mientras desayunaban en el jardín, su padre le sorprendió con un comentario que lo desconcertó:
-Esa chica de recepción, Betty Sue, es un encanto, ¿verdad?
El afirmó sin saber qué decir. Su padre dirigió la vista hacia el océano y dijo con aire circunspecto y como si el asunto no fuese con él:
-La vida no concede segundas oportunidades.
Su madre, que traía unos bollos que había calentado en la cocina del apartamento, se sentó a la mesa y la conversación dio paso a un silencio salpicado de agudos reclamos de gaviotas y olas batiendo en la lejanía. Aquellas dos únicas frases no escondían ningún mensaje oculto; eran el monólogo en voz alta de un ser humano cuyo fin sabe que está próximo y valora la sencillez de las cosas. Tan pronto acabaron de desayunar cogió las llaves del automóvil que habían alquilado y preguntó a sus padres si necesitaban algo; era una pregunta retórica porque el día anterior habían comprado todo lo necesario para los primeros días de su estancia en un supermercado de Amagansett, fundamentalmente desayunos, cenas livianas y artículos de aseo. Al dirigirse hacia el aparcamiento se asomó a la recepción, pero no vio a Betty Sue. Su objetivo era localizar un restaurante sencillo donde tomar marisco fresco y dejar una mesa reservada para tres. Y lo localizó en el número 1980 de la Montauk Highway, a no mucha distancia de donde se encontraban los alojamientos. The Lobster Roll, así se denominaba aquel lugar nostálgico junto a la carretera rodeado de dunas, jardines con flores, sombrillas, pelotas de playa, mesas de picnic y mucha gente sencilla y no tan sencilla con rostros sonrientes, era el sitio idóneo que estaba buscando y tenía la certeza de que a sus padres les agradaría.

Regresó a eso de las doce y media, estacionó el coche en la zona destinada a tal fin y entró en el edificio de apartamentos. Betty Sue, que se encontraba en la recepción hablando con alguien por teléfono, esbozó una sonrisa al verle y le hizo señas con su mano libre indicándole que pasara a la oficina. La chica dejó una segunda copia de las llaves del apartamento sobre su mesa y tras colgar el teléfono se las entregó en mano.
-He pensado que quizá una segunda copia de las llaves te serían de utilidad.
-Gracias.
-Siéntate, si quieres -dijo la chica señalando la silla que se encontraba frente a su escritorio.
-He reservado una mesa para mis padres en un sitio que se llama The Lobster Roll. No sé si he hecho bien -comentó mientras se sentaba frente a ella.
-¡Desde luego que has hecho bien! Es de lo mejor que hay en Amagansett. Nosotros vamos siempre a ese restaurante a celebrar nuestros cumpleaños. Bueno, el mío lo celebramos siempre el día anterior porque en Navidad cierran.
-¿Naciste en Navidad?
La chica afirmó.
-Hablas muy bien español, ¿dónde lo aprendiste?
-Mi madre nos llevó a mi hermana y a mí a una escuela bilingüe. Estoy deseando conocer España. De hecho, solicité este trabajo para poder pagarme el viaje y estar allí una temporada.
-¿Vas a ir tú sola?
-Me gustaría ir con mi hermana, pero no consigo convencerla. Además, está ahorrando para su boda.
Recuerda que todo su interés se centraba en pedirle una cita, pero no sabía cómo hacerlo y empezaba frases que no llevaban a parte alguna. Hasta la última, que ni siquiera llegó a terminar porque no hubiese podido soportar una negativa y asumió que era mejor intentarlo más adelante. Ella, que notaba sus dificultades para sincerarse, le instó a proseguir con la mirada y, viendo que no se atrevía a decir lo que pensaba, le preguntó:
-¿Quieres decirme algo?
Aquellas tres palabras fueron pronunciadas con tal dulzura que se sintió como un bebé que ella hubiese tomado entre sus brazos para acunarle.
-¿Te gustaría dar un paseo por la playa esta tarde? Ya sé que no nos conocemos de nada y que estarás harta de pasear por la playa, pero… mi padre me ha recordado esta mañana que la vida no concede segundas oportunidades.
El rostro níveo y pecoso de Betty Sue adquirió de pronto un intenso color rosado, como el de una adolescente a la que el chico de sus sueños hubiera confesado por sorpresa abiertamente su amor. La chica sonrió plácidamente y dijo mirándole a los ojos con tal sinceridad que logró abrumarlo:
-Tu padre tiene razón… Creo que deberíamos hacerle caso.
Aunque se arrepintió casi al momento de haber sacado a colación el comentario efectuado por su padre durante el desayuno, lo cierto es que no imaginaba nada mejor que poder dar un paseo por la playa acompañando a Betty Sue. Por vez primera desde que conoció el estado de salud de su padre, logró percibir un sentimiento que podría asemejarse a la felicidad.
 
* * * * * * * *
 
Arlene vivía en el quince de Pleasant Lane, puerta dos. Le esperaba a la una y media en su casa. Se levantó muy pronto, tomó un tentempié tras ducharse y se encaminó hacia la playa, aquella playa desierta de arena blanca y fina en la que él y su ángel dorado y azul se besaron por vez primera y decidieron, con sumo acierto, pasar juntos el resto de sus vidas. Jamás se arrepintió de aquella decisión. Ninguna mujer podría haberle hecho más feliz. Betty Sue era un ser hermoso en el más amplio sentido de este término. Y aunque nunca se lo dijo lo suficiente, la amaba con tal intensidad que raramente dejaba de sentir un estremecimiento en forma de diminutos estallidos que nacían cerca del corazón y se diluían rápidamente por todo su cuerpo provocándole escalofríos cada vez que la besaba. Jamás se acostumbró a la delicadeza de sus besos; Elizabeth era una mujer a la que le gustaba abrazar y ser abrazada, pero sólo besaba en contadas ocasiones, y lo hacía con un sentimiento tal que era imposible tomarse aquel acto de amor como costumbre. Y durante los treinta años que el devenir les concedió la fortuna de estar juntos fueron felices en la soledad de su mutua compañía y no se manifestó en ellos el instinto o la necesidad de procrear y dejar descendencia. Los pocos que los conocían se preguntaba por qué, pero qué sabían los demás de sus vidas, qué conocían de su amor. Cómo podría olvidar aquella primera caricia, aquel primero beso, aquel abrazo primerizo, aquel sentimiento de amor puro que emergió de sus corazones enamorados justo en el lugar donde ahora mismo se encontraba. Recuerda que Betty Sue vestía aquella tarde un jersey ligero de cuello en pico, suave y esponjoso al tacto, teñido apenas de rosado, probablemente confeccionado con una mezcla de lana y mohair, y una falda blanca plisada que le cubría las rodillas. Estaban sentados en la arena mirando el mar en silencio. El aproximó su rostro hacia el cuello de Betty Sue y, tras apartarle con delicadeza su cabello largo y dorado, acarició apenas con los labios su cuello esbelto en un roce tan sutil que sólo podría ser comparable a la brisa cálida de un atardecer calmo de verano; ella reclinó la cabeza con suavidad hacia él y se volvió muy despacio hasta que sus labios se encontraron. Fue un beso cargado de una pasión contenida que erizó todo el vello de su cuerpo e hizo que ambos derramaran lágrimas de alegría.

Se limpió con las mangas de la camisa que vestía el llanto mudo que había brotado al recordar ese momento de su vida y se encaminó hacia al apartamento, frente a cuyo ventanal maldijo con todas las fuerzas al universo por haberle robado lo que más quería. Asió la pequeña maleta de viaje, que se encontraba sin abrir en el mismo sitio que la dejó el día anterior, y bajó con ella hacia el aparcamiento; la introdujo con cuidado en el maletero del Nissan y se sentó en el automóvil. Reseñó en el GPS del vehículo la dirección de su cuñada e inició la marcha. Tan solo cinco kilómetros y trescientos diez metros los separaban. Apenas nada.

La casa de Arlene era humilde, de hecho, no se podía hablar propiamente de la casa de Arlene sino de la casa de Arlene y la de sus vecinos, puesto que ambos compartían un pequeño jardín que daba directamente a la estrecha carretera, que ni tan siquiera disponía de acera, y el diminuto porche de la entrada, en el que se ubicaban las puertas de acceso a cada una de las viviendas; en realidad, era la versión pobre de la típica casa norteamericana de dos plantas y tejado negro de tejas de pizarra, pero dividida por una pared interior medianera con una chimenea común compartida por ambas familias. Una casa de reducidas dimensiones que parecía encontrarse fuera de lugar en el pequeño municipio de East Hampton, si bien, al menos desde el exterior, resultaba agradable y acogedora.

Detuvo el coche frente al jardín de la casa y realizó una profunda inspiración. Tan pronto cortó el encendido al motor su cuñada abrió la puerta de la vivienda y fue a su encuentro. Cuando salió del automóvil se abrazaron sin mediar apenas conversación entre ambos. Arlene era una mujer que aún conservaba su atractivo, pero la vida, fuese el exceso o la falta de ella, le había pasado factura y su aspecto algo descuidado era sólo uno de los indicios visibles que ponía este hecho de manifiesto. Abrió el maletero del coche y sacó la pequeña maleta de viaje. Arlene la observó muy seria, pero no dijo nada y le invitó a pasar al que era su hogar. Tomaron asiento en el tresillo del parco salón y, antes de que la mujer pudiera hacer algún comentario, le preguntó:
-¿Hablas todavía español?
-Sí -contesto Arlene con fuerte acento norteamericano.
-¿Cómo está Andrew?
-¡Oh, Andrew! Bien, está ahora trabajando. Vuelve a las seis.
-¿Y tú? ¿Cómo estás tú?
-Pues… ya me ves.
La mujer dirigió la vista hacia la pequeña maleta de viaje que había dejado junto al tresillo y preguntó, intrigada:
-¿Cosas de mi hermana?
Viéndose incapaz de contestar, aproximó la maleta hacia donde ambos se encontraban y la abrió delante de Arlene. De su interior sacó una urna funeraria de mármol azul que depositó sobre la mesita del salón. En la placa rezaba: Elizabeth Sue O'Neill. 25 de Diciembre de 1965. 5 de Septiembre de 2018. Arlene observó muy quieta ese recipiente en el que reposaban los restos de su hermana hechos cenizas hasta que, incapaz de aguantar el dolor, rompió a llorar. El sólo alcanzó a abrazarla y dejar que vertiera todas esas lágrimas que la quemaban los ojos hasta que poco a poco, y haciendo un esfuerzo titánico, se fue rehaciendo. La mujer se levantó y se aproximó hacia el ventanal del salón.
-¿Por qué has traído eso? -dijo Arlene mirando al exterior con apatía.
-Fue un deseo expreso de tu hermana. Quería que vuestra madre tuviera sus cenizas.
-¡Oh, my God! ¡My God! -exclamó echándose de nuevo a llorar desconsoladamente sin volverse hacia él.
-Dijo que yo la había tenido en vida y que era justo que Fiona…
-No le dijiste que había muerto, ¿verdad? -interrumpió Arlene a su cuñado.
-No podía hacerlo, Arlene.
-Y aún así, ¿has venido hasta aquí con eso?
El hombre bajó la vista sin decir nada.
-¿Y qué voy a hacer con las cenizas? -preguntó Arlene- ¿Lanzarlas al mar, como se hace en las películas?
Un tenso silencio cubrió la habitación hasta que Arlene, haciendo acopio de fuerzas, prosiguió:
-Mi hermana y mi madre siempre estuvieron muy unidas. Hasta para morir se pusieron de acuerdo. Desde que se marchó a España contigo, sólo vi a Betty Sue en tres ocasiones. Prácticamente, una vez cada diez años…Y ahora tengo sus cenizas en mi salón.
Arlene bajó la vista y negó reiteradamente con la cabeza en señal de disgusto; después se volvió hacia él y dijo:
-¿Fuisteis tan felices como parecía?
-Sí, Arlene. Lo fuimos -el hombre pronunció estas palabras mientras las lágrimas anegaron sus ojos.
Arlene se aproximó hacia su cuñado, se sentó a su lado y lo estrechó entre sus brazos con fuerza. Estuvieron así un buen rato, consolándose recíprocamente en un abrazo lleno de comprensión mutua, hasta que apenas les quedaron lágrimas por derramar. La mujer dirigió su vista hacia la urna; tras contemplarla unos momentos, preguntó a su cuñado:
-¿Cuánto tiempo vas a estar aquí?
-Sólo el necesario.
-Deberías llevarte las cenizas de Betty Sue contigo.
-No, Arlene -contestó el hombre negando reiteradamente con un movimiento de cabeza-. Las cenizas deben quedarse aquí, en la tierra que vio nacer a tu hermana, donde ella quería que estuviesen.
-Ni siquiera tengo medios para costear un funeral medio decente.
-Betty Sue no deseaba nada de eso. Sólo quería que sus cenizas descansaran aquí. Sólo eso.
-¿Aquí? ¿Dónde? ¿Encima de mi chimenea?
El hombre observó a su cuñada muy serio sin atreverse a hacer ningún comentario. Finalmente, se puso en pie dispuesto a marcharse.
-No olvides la maleta.
-No me hace falta, Arlene. Quedárosla vosotros.
-Nosotros no viajamos.
-Yo tampoco tengo intención de hacerlo.
Se volvieron a abrazar y se despidieron en la puerta de la humilde casa de Arlene, que vio cómo aquel hombre acabado se dirigía a su coche y, en un gesto de oscuro significado que no fue capaz de descifrar pero que le causó una gran desazón, le mandó un beso triste con la mano tan pronto se sentó en el vehículo y volvió su mirada hacia ella. Arlene lo despidió desde el porche con un gesto similar. Aquel hombre que le había robado su única hermana desapareció para siempre de su vida. Nunca más contestó sus correos electrónicos. Nunca más cogió el teléfono. Nunca más supo de él. Tal vez aquel ser sin ganas de vivir se reuniría cada noche con Elizabeth en el universo imaginario que los dos habían creado hasta que un día, no importaba cuándo, la muerte envejecida también le arrebatase la memoria y ambos sucumbieran finalmente en un ocaso definitivo y silencioso. O se volvieran a reunir en ese universo imaginario fuera del tiempo para vivir su sueño eterno.
 
 
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