Conducía un Nissan Sentra automático que había alquilado tres
horas antes en el Aeropuerto Internacional John F. Kennedy cuando el GPS
del vehículo le indicó que debía girar a su izquierda por Bluff Road. Al
fondo, en el lateral derecho de la carretera y a poco más de doscientos
metros, se divisaba la amplia zona de estacionamiento de los apartamentos
The
Ocean Dunes, una llamativa construcción que se asemejaba a una cabaña
enorme de dos pisos con forma de U en ángulos rectos, dividida en acogedores
y tranquilos alojamientos con cocina, situada a poca distancia de la playa
y rodeada de árboles y vegetación de humedal. Tres décadas en el tiempo
lo separaban de la última vez que había contemplado aquel singular edificio.
Tres décadas durante las cuales había sido un hombre pleno e inmensamente
feliz.
El aparcamiento estaba medio vacío, por lo que no tuvo dificultad para estacionar
el automóvil cerca del vestíbulo de entrada al edificio. Miró su reloj:
eran las seis menos veinte de la tarde en los Hamptons, pero tenía el cansancio
nocturno del horario que había dejado atrás en Madrid, y lo único que deseaba
era tumbarse en una cama y descansar. Ocho horas de vuelo y cuatro atravesando
Long Island en automóvil de punta a punta habían podido con él. Sacó del
maletero del Nissan una maleta de grandes dimensiones y otra de equipaje
más ligera, ambas con ruedas, y se encaminó arrastrando ambos bultos hacia
la recepción de los apartamentos. Su inglés nunca fue muy bueno, pero resultaba
suficiente para tomar posesión de aquel alojamiento que había reservado
semanas atrás a través de una conocida página de internet y en cuya cama
se tumbó sin desvestirse nada más echar la llave, venciéndole el sueño prácticamente
de inmediato.
Conoció a aquella preciosa joven norteamericana de ascendencia irlandesa
cuando él estaba a punto de cumplir veintisiete años. Guardaba un parecido
tan abrumador con Sissy Spacek, la actriz protagonista de Carrie, que raro
era el día que algún extraño, pasando por alto la diferencia de edad entre
ambas mujeres, no se aproximaba a Betty Sue para solicitarle un autógrafo
creyendo realmente encontrarse frente a su alter ego cinematográfico. Aquella
chica grácil y pecosa, de modales recatados y atractivo extraordinario,
coincidió con él en los apartamentos The Ocean Dunes en Agosto del ochenta
y ocho en un encuentro que siempre le pareció imposible y que, sin embargo,
resultaría determinante para ambos. Le pareció un encuentro imposible porque
de todos los destinos y alojamientos diseminados por el mundo The Ocean
Dunes fue el elegido por su padre para pasar aquellas dos semanas del que
sería su último verano; le pareció un encuentro imposible porque si su padre
no hubiese enfermado de gravedad y la medicina no lo hubiese prácticamente
desahuciado, jamás hubiera acompañado a sus padres hasta un lugar tan remoto,
de hecho, no les hubiera acompañado a ningún lugar en absoluto; le pareció
un encuentro imposible porque nunca hubiera coincidido con Betty Sue si
ésta no hubiese solicitado trabajar en la recepción de los apartamentos
durante ese verano para ganar un dinero cuyo objetivo era realizar un viaje
a España que su madre, divorciada y trabajadora de baja cualificación, no
hubiese podido costearle; le pareció un encuentro imposible porque jamás
hubiese imaginado encontrar a una criatura tan maravillosa como Elizabeth
y que ambos quedaran prendidos el uno del otro como si fuesen los últimos
seres humanos sobre la Tierra.
Despertó abruptamente alrededor de las diez menos cuarto de la noche sintiéndose
por unos momentos desubicado. Quizá a los muertos les sucediera algo similar
tras su partida de este mundo; tal vez se sintieran perdidos en una dimensión
nueva preguntándose qué hacer o hacia dónde dirigirse, a sabiendas de que
el reloj no puede dar marchas atrás y que el retorno es imposible, abandonando
a su pesar a los que aman para iniciar una nueva vida deseada sólo a medias
que se estrena asumiendo las carencias, como si la transcendencia fuera
suficiente para olvidar todo lo bueno que dejan definitivamente atrás y
que tal vez vayan olvidando con el paso de los eones, cual bruma que devora
la luz a su paso.
Se aproximó hacia la puerta de acceso al jardín y salió al exterior. The
Ocean Dunes, gracias a su ubicación y a las estrictas normas que regían
sus instalaciones, era un remanso de paz desde el que era posible escuchar
las olas batiendo en su playa privada de arena blanca y fina abierta al
Atlántico, situada a escasos trescientos metros de donde se encontraba.
Aunque hacía frío se tumbó sobre una hamaca de madera situada junto a la
puerta del jardín y miró hacia las estrellas. Parecía que el tiempo no hubiese
transcurrido, pero habían pasado tres décadas desde que besó por primera
vez en aquella playa a Betty Sue, su adorable ángel de cabellos dorados
y ojos celestes cuya delicadeza enamoró también a sus padres y que sólo
le dio alegrías a lo largo de su vida; habían pasado tres décadas desde
que su familia se reunió en ese mismo jardín entorno a una felicidad que
sabían perecedera y que trataban desesperadamente de aprovechar minuto a
minuto antes que el paso del tiempo la hiciera añicos. Se encontraba solo,
y las lágrimas que resbalaban por sus mejillas no harían resucitar a sus
padres ni a su compañera de vida. The Ocean Dunes, que siempre recordaba
con nostalgia, se presentaba ahora ante sus ojos como un lugar descarnado
por el que desfilaban recuerdos agridulces que lo hacían sentirse aún más
desgraciado: de no ser tan cobarde hubiese puesto fin a su vida allí mismo.
Entró de nuevo en el apartamento y deshizo la maleta de mayor tamaño, colgando
en las perchas del armario con el que contaba el dormitorio las diversas
prendas de vestir que había traído consigo. Su visita no iba a ser larga,
pero debía cumplir la promesa que había hecho a su mujer antes de morir,
y esto exigía un mínimo de pulcritud en el vestir al presentarse ante su
hermana, con la que no tenía muy claro cómo podría llegar a entenderse si
su nivel de español era tan bajo como el suyo en inglés. Intercambiar correos
electrónicos escritos en ambos idiomas traducidos ocasionalmente mediante
Google Translator para evitar errores de interpretación era una cosa, pero
presentarse ante Arlene balbuceando torpemente en una situación tan delicada
como la que se le presentaba era algo bien distinto. El día por venir iba
a ser muy duro y se acostó con la certeza de no sentirse en absoluto preparado
para hacerlo frente con la dignidad suficiente.
****
Cuando Betty Sue los recibió en la recepción de los apartamentos se sintió
enormemente feliz. Si bien aquella madura pareja tenía rasgos centroeuropeos
y podría pasar perfectamente por alemana, ¡se encontraba frente a un matrimonio
genuinamente español! Estaba fotocopiando sus pasaportes cuando lo vio entrar
con las maletas. Betty Sue clavó en él sus preciosos ojos color cielo y
él, simplemente, no pudo apartar su vista de ella. Aquella chica tímida
y chispeante a la vez era la mujer más bonita que había visto de cerca jamás
y, desde ese mismo instante, todo su mundo comenzó a girar alrededor de
aquel ser de belleza aurea al que deseaba aproximarse para no apartarse
jamás. Tuviese o no sentido enamorarse de alguien que vivía en el otro extremo
del mundo, lo cierto es que, salvo que optara por volverse tonto, ciego
y mudo, no estaba de su mano cambiar nada. ¡Dios mío, aquella chica con
ese endiablado parecido a Sissy Spacek era la mujer con la sonrisa y la
mirada más dulces que había visto jamás! Betty Sue, que se dirigió a ellos
en un español desenvuelto y rico con un leve acento norteamericano, era
el arquetipo de feminidad con el que siempre había soñado, y durante aquella
primera noche en The Ocean Dunes no hizo otra cosa que pensar en ella. A
la mañana siguiente, mientras desayunaban en el jardín, su padre le sorprendió
con un comentario que lo desconcertó:
Esa chica de recepción, Betty Sue, es un encanto, ¿verdad?
El afirmó sin saber qué decir. Su padre dirigió la vista hacia el océano
y dijo con aire circunspecto y como si el asunto no fuese con él:
La vida no concede segundas oportunidades.
Su madre, que traía unos bollos que había calentado en la cocina del apartamento,
se sentó a la mesa y la conversación dio paso a un silencio salpicado de
agudos reclamos de gaviotas y olas batiendo en la lejanía. Aquellas dos
únicas frases no escondían ningún mensaje oculto; eran el monólogo en voz
alta de un ser humano cuyo fin sabe que está próximo y valora la sencillez
de las cosas. Tan pronto acabaron de desayunar cogió las llaves del automóvil
que habían alquilado y preguntó a sus padres si necesitaban algo; era una
pregunta retórica porque el día anterior habían comprado todo lo necesario
para los primeros días de su estancia en un supermercado de Amagansett,
fundamentalmente desayunos, cenas livianas y artículos de aseo. Al dirigirse
hacia el aparcamiento se asomó a la recepción, pero no vio a Betty Sue.
Su objetivo era localizar un restaurante sencillo donde tomar marisco fresco
y dejar una mesa reservada para tres. Y lo localizó en el número 1980 de
la Montauk Highway, a no mucha distancia de donde se encontraban los alojamientos.
The
Lobster Roll, así se denominaba aquel lugar nostálgico junto a la carretera
rodeado de dunas, jardines con flores, sombrillas, pelotas de playa, mesas
de picnic y mucha gente sencilla y no tan sencilla con rostros sonrientes,
era el sitio idóneo que estaba buscando y tenía la certeza de que a sus
padres les agradaría.
Regresó a eso de las doce y media, estacionó el coche en la zona destinada
a tal fin y entró en el edificio de apartamentos. Betty Sue, que se encontraba
en la recepción hablando con alguien por teléfono, esbozó una sonrisa al
verle y le hizo señas con su mano libre indicándole que pasara a la oficina.
La chica dejó una segunda copia de las llaves del apartamento sobre su mesa
y tras colgar el teléfono se las entregó en mano.
He pensado que quizá una segunda copia de las llaves te serían de
utilidad.
Gracias.
Siéntate, si quieres dijo la chica señalando la silla que se
encontraba frente a su escritorio.
He reservado una mesa para mis padres en un sitio que se llama The
Lobster Roll. No sé si he hecho bien comentó mientras se sentaba frente
a ella.
¡Desde luego que has hecho bien! Es de lo mejor que hay en Amagansett.
Nosotros vamos siempre a ese restaurante a celebrar nuestros cumpleaños.
Bueno, el mío lo celebramos siempre el día anterior porque en Navidad cierran.
¿Naciste en Navidad?
La chica afirmó.
Hablas muy bien español, ¿dónde lo aprendiste?
Mi madre nos llevó a mi hermana y a mí a una escuela bilingüe. Estoy
deseando conocer España. De hecho, solicité este trabajo para poder pagarme
el viaje y estar allí una temporada.
¿Vas a ir tú sola?
Me gustaría ir con mi hermana, pero no consigo convencerla. Además,
está ahorrando para su boda.
Recuerda que todo su interés se centraba en pedirle una cita, pero no sabía
cómo hacerlo y empezaba frases que no llevaban a parte alguna. Hasta la
última, que ni siquiera llegó a terminar porque no hubiese podido soportar
una negativa y asumió que era mejor intentarlo más adelante. Ella, que notaba
sus dificultades para sincerarse, le instó a proseguir con la mirada y,
viendo que no se atrevía a decir lo que pensaba, le preguntó:
¿Quieres decirme algo?
Aquellas tres palabras fueron pronunciadas con tal dulzura que se sintió
como un bebé que ella hubiese tomado entre sus brazos para acunarle.
¿Te gustaría dar un paseo por la playa esta tarde? Ya sé que no nos
conocemos de nada y que estarás harta de pasear por la playa, pero… mi padre
me ha recordado esta mañana que la vida no concede segundas oportunidades.
El rostro níveo y pecoso de Betty Sue adquirió de pronto un intenso color
rosado, como el de una adolescente a la que el chico de sus sueños hubiera
confesado por sorpresa abiertamente su amor. La chica sonrió plácidamente
y dijo mirándole a los ojos con tal sinceridad que logró abrumarlo:
Tu padre tiene razón… Creo que deberíamos hacerle caso.
Aunque se arrepintió casi al momento de haber sacado a colación el comentario
efectuado por su padre durante el desayuno, lo cierto es que no imaginaba
nada mejor que poder dar un paseo por la playa acompañando a Betty Sue.
Por vez primera desde que conoció el estado de salud de su padre, logró
percibir un sentimiento que podría asemejarse a la felicidad.
****
Arlene vivía en el quince
de Pleasant Lane, puerta dos. Le esperaba a la una y media en su casa.
Se levantó muy pronto, tomó un tentempié tras ducharse y se encaminó hacia
la playa, aquella playa desierta de arena blanca y fina en la que él y su
ángel dorado y azul se besaron por vez primera y decidieron, con sumo acierto,
pasar juntos el resto de sus vidas. Jamás se arrepintió de aquella decisión.
Ninguna mujer podría haberle hecho más feliz. Betty Sue era un ser hermoso
en el más amplio sentido de este término. Y aunque nunca se lo dijo lo suficiente,
la amaba con tal intensidad que raramente dejaba de sentir un estremecimiento
en forma de diminutos estallidos que nacían cerca del corazón y se diluían
rápidamente por todo su cuerpo provocándole escalofríos cada vez que la
besaba. Jamás se acostumbró a la delicadeza de sus besos; Elizabeth era
una mujer a la que le gustaba abrazar y ser abrazada, pero sólo besaba en
contadas ocasiones, y lo hacía con un sentimiento tal que era imposible
tomarse aquel acto de amor como costumbre. Y durante los treinta años que
el devenir les concedió la fortuna de estar juntos fueron felices en la
soledad de su mutua compañía y no se manifestó en ellos el instinto o la
necesidad de procrear y dejar descendencia. Los pocos que los conocían se
preguntaba por qué, pero qué sabían los demás de sus vidas, qué conocían
de su amor. Cómo podría olvidar aquella primera caricia, aquel primero beso,
aquel abrazo primerizo, aquel sentimiento de amor puro que emergió de sus
corazones enamorados justo en el lugar donde ahora mismo se encontraba.
Recuerda que Betty Sue vestía aquella tarde un jersey ligero de cuello en
pico, suave y esponjoso al tacto, teñido apenas de rosado, probablemente
confeccionado con una mezcla de lana y mohair, y una falda blanca plisada
que le cubría las rodillas. Estaban sentados en la arena mirando el mar
en silencio. El aproximó su rostro hacia el cuello de Betty Sue y, tras
apartarle con delicadeza su cabello largo y dorado, acarició apenas con
los labios su cuello esbelto en un roce tan sutil que sólo podría ser comparable
a la brisa cálida de un atardecer calmo de verano; ella reclinó la cabeza
con suavidad hacia él y se volvió muy despacio hasta que sus labios se encontraron.
Fue un beso cargado de una pasión contenida que erizó todo el vello de su
cuerpo e hizo que ambos derramaran lágrimas de alegría. Se limpió con las
mangas de la camisa que vestía el llanto mudo que había brotado al recordar
ese momento de su vida y se encaminó hacia al apartamento, frente a cuyo
ventanal maldijo con todas las fuerzas al universo por haberle robado lo
que más quería. Asió la pequeña maleta de viaje, que se encontraba sin abrir
en el mismo sitio que la dejó el día anterior, y bajó con ella hacia el
aparcamiento; la introdujo con cuidado en el maletero del Nissan y se sentó
en el automóvil. Reseñó en el GPS del vehículo la dirección de su cuñada
e inició la marcha. Tan solo cinco kilómetros y trescientos diez metros
los separaban. Apenas nada.
La casa de Arlene era humilde, de hecho, no se podía hablar propiamente
de la casa de Arlene sino de la casa de Arlene y la de sus vecinos, puesto
que ambos compartían un pequeño jardín que daba directamente a la estrecha
carretera, que ni tan siquiera disponía de acera, y el diminuto porche de
la entrada, en el que se ubicaban las puertas de acceso a cada una de las
viviendas; en realidad, era la versión pobre de la típica casa norteamericana
de dos plantas y tejado negro de tejas de pizarra, pero dividida por una
pared interior medianera con una chimenea común compartida por ambas familias.
Una casa de reducidas dimensiones que parecía encontrarse fuera de lugar
en el pequeño municipio de East Hampton, si bien, al menos desde el exterior,
resultaba agradable y acogedora.
Detuvo el coche frente al jardín de la casa y realizó una profunda inspiración.
Tan pronto cortó el encendido al motor su cuñada abrió la puerta de la vivienda
y fue a su encuentro. Cuando salió del automóvil se abrazaron sin mediar
apenas conversación entre ambos. Arlene era una mujer que aún conservaba
su atractivo, pero la vida, fuese el exceso o la falta de ella, le había
pasado factura y su aspecto algo descuidado era sólo uno de los indicios
visibles que ponía este hecho de manifiesto. Abrió el maletero del coche
y sacó la pequeña maleta de viaje. Arlene la observó muy seria, pero no
dijo nada y le invitó a pasar al que era su hogar. Tomaron asiento en el
tresillo del parco salón y, antes de que la mujer pudiera hacer algún comentario,
le preguntó:
¿Hablas todavía español?
Sí contesto Arlene con fuerte acento norteamericano.
¿Cómo está Andrew?
¡Oh, Andrew! Bien, está ahora trabajando. Vuelve a las seis.
¿Y tú? ¿Cómo estás tú?
Pues… ya me ves.
La mujer dirigió la vista hacia la pequeña maleta de viaje que había dejado
junto al tresillo y preguntó, intrigada:
¿Cosas de mi hermana?
Viéndose incapaz de contestar, aproximó la maleta hacia donde ambos se encontraban
y la abrió delante de Arlene. De su interior sacó una urna funeraria de
mármol azul que depositó sobre la mesita del salón. En la placa rezaba:
Elizabeth Sue O'Neill. 25 de Diciembre de 1965. 5 de Septiembre de 2018.
Arlene observó muy quieta ese recipiente en el que reposaban los restos
de su hermana hechos cenizas hasta que, incapaz de aguantar el dolor, rompió
a llorar. El sólo alcanzó a abrazarla y dejar que vertiera todas esas lágrimas
que la quemaban los ojos hasta que poco a poco, y haciendo un esfuerzo titánico,
se fue rehaciendo. La mujer se levantó y se aproximó hacia el ventanal del
salón.
¿Por qué has traído eso? dijo Arlene mirando al exterior con
apatía.
Fue un deseo expreso de tu hermana. Quería que vuestra madre tuviera
sus cenizas.
¡Oh, my God! ¡My God! exclamó echándose de nuevo a llorar desconsoladamente
sin volverse hacia él.
Dijo que yo la había tenido en vida y que era justo que Fiona…
No le dijiste que había muerto, ¿verdad? interrumpió Arlene
a su cuñado.
No podía hacerlo, Arlene.
Y aún así, ¿has venido hasta aquí con eso?
El hombre bajó la vista sin decir nada.
¿Y qué voy a hacer con las cenizas? preguntó Arlene ¿Lanzarlas
al mar, como se hace en las películas?
Un tenso silencio cubrió la habitación hasta que Arlene, haciendo acopio
de fuerzas, prosiguió:
Mi hermana y mi madre siempre estuvieron muy unidas. Hasta para morir
se pusieron de acuerdo. Desde que se marchó a España contigo, sólo vi a
Betty Sue en tres ocasiones. Prácticamente, una vez cada diez años…Y ahora
tengo sus cenizas en mi salón.
Arlene bajó la vista y negó reiteradamente con la cabeza en señal de disgusto;
después se volvió hacia él y dijo:
¿Fuisteis tan felices como parecía?
Sí, Arlene. Lo fuimos el hombre pronunció estas palabras mientras
las lágrimas anegaron sus ojos.
Arlene se aproximó hacia su cuñado, se sentó a su lado y lo estrechó entre
sus brazos con fuerza. Estuvieron así un buen rato, consolándose recíprocamente
en un abrazo lleno de comprensión mutua, hasta que apenas les quedaron lágrimas
por derramar. La mujer dirigió su vista hacia la urna; tras contemplarla
unos momentos, preguntó a su cuñado:
¿Cuánto tiempo vas a estar aquí?
Sólo el necesario.
Deberías llevarte las cenizas de Betty Sue contigo.
No, Arlene contestó el hombre negando reiteradamente con un
movimiento de cabeza. Las cenizas deben quedarse aquí, en la tierra
que vio nacer a tu hermana, donde ella quería que estuviesen.
Ni siquiera tengo medios para costear un funeral medio decente.
Betty Sue no deseaba nada de eso. Sólo quería que sus cenizas descansaran
aquí. Sólo eso.
¿Aquí? ¿Dónde? ¿Encima de mi chimenea?
El hombre observó a su cuñada muy serio sin atreverse a hacer ningún comentario.
Finalmente, se puso en pie dispuesto a marcharse.
No olvides la maleta.
No me hace falta, Arlene. Quedárosla vosotros.
Nosotros no viajamos.
Yo tampoco tengo intención de hacerlo.
Se volvieron a abrazar y se despidieron en la puerta de la humilde casa
de Arlene, que vio cómo aquel hombre acabado se dirigió a su coche
y, con un gesto de oscuro significado que no fue capaz de descifrar pero
que le causó una gran desazón, hizo volar hacia ella un beso triste con
un ademán de la mano antes de ponerse al volante de su vehículo.
Aquel hombre que le había robado su única hermana desapareció para siempre
de su vida. Nunca más contestó sus correos electrónicos. Nunca más cogió
el teléfono. Nada más supo de él. Tal vez aquel ser sin deseo alguno de
vivir se reuniría cada noche con Elizabeth en ese universo imaginario que
los dos habían creado en torno a sí hasta que la muerte le arrebatase
la memoria y ambos sucumbieran finalmente en un ocaso definitivo y silencioso.